Prólogo para el catálogo de muestra "Imágenes de un itinerario"

El primer estado que exige esta pintura es el de concentración, esto implica disponerse como espectador activo, a la búsqueda y espera de que su estructura conecte la conciencia y produzca resonancias.

Hilda Marinsalta viene de la experiencia del paisaje, la imagen figurativa, la que trata de ver lo que hay allí en el exterior.

En muchas de sus pinturas, incluía ciudades o naturaleza reflejadas en el agua. Un sorprendente viaje a la ciudad de Marco Polo produjo un impacto tal que su misma pintura se movió en un sentido axial.

Lo que se había construido como imagen de paisaje exterior devino paisaje interior. Todo el esfuerzo que ponía en el clima del relato figurativo mutó a una abstracción singular donde sólo es posible entrar desde una apertura y toda extensión se percibe como la inmensidad en donde nos sumergimos en nosotros mismos.

La misteriosa Venecia, la ciudad en el agua, impacta por esa conjunción de grupos edilicios cargados de historia, donde no se puede dejar de mirar en todas direcciones. Invariablemente la omnipresencia del agua genera el contrapunto permanente de estas producciones de la cultura con la fuerza de la naturaleza.

Cultura y naturaleza juegan en un diálogo que es casi una danza. La ciudad, emblema de la humanidad y sus producciones, lleva latente en sus cimientos la amenaza del agua que late permanentemente recordando el origen, el agua primordial de la que todos venimos.

Aquí la artista se detiene y concentra su mirada sobre la superficie del agua que se muestra con todo su poder. Pero el agua no consigue por sus propios medios mostrarse, para lograrlo necesita de la imagen de lo que está arriba. Como si no pudiera, el agua, contarse a sí misma sino a través de otra cosa.

El resultado en la obra se traduce en un alejamiento de lo real, una imagen que en principio se percibe caótica, abstracta en un sentido no geométrico. La decisión de encuadrar el detalle de esa experiencia visual quita datos anecdóticos que alejan la imagen de la mímesis obteniendo una abstracción orgánica. Entonces lo que eran aquellos edificios y su racional diseño se deforman en la superficie del agua en movimiento.

Esta nueva forma plasmada en la obra se sustenta en esos dos polos antitéticos y a la vez complementarios: la ciudad, símbolo de lo humano en tanto cultura, entendida esta como la búsqueda del sostén de la vida más la intuición del sentido, se contorsiona sobre una superficie que la refleja pero que no se deja ver en su esencia. El agua, símbolo de la naturaleza humana en su costado más imprevisible y visceral sostiene aquella imagen y la transforma.

El color, necesario protagonista de esta experiencia, en realidad es lo único que vemos. En algunos casos despojándose de su cromatismo hasta ser sólo una escala de grises que refuerza el juego antitético de la propuesta.

Si bien hablamos de ciudad y de agua porque están en el origen de esta experiencia plástica, no es eso lo que vemos delante de las pinturas que Marinsalta nos presenta. Hay aquí una transformación que opera tanto en la artista como en el espectador (que señalábamos al comienzo con un oxímoron) que deja de ser pasivo para ser parte de la construcción del sentido de la obra.

Podríamos arriesgar que en esta serie de pinturas se manifiesta una experiencia profunda similar a la que expone el mito de Narciso tomando la versión del poeta Ovidio. La conciencia adormecida de Narciso se ve a sí misma reflejada en el espejo de agua y se enamora de su propia imagen. Al momento de darse cuenta que se ve a sí mismo, Narciso se afiebra en su imposibilidad de poseerse y se transforma en flor a la orilla del estanque en el que se reflejaba.

La clave está aquí en ese momento de darse cuenta: se descubre a sí mismo mirándose y rompe el narcótico impreso en su propio nombre. Se produce un autoconocimiento que lo transforma y plenifica el sentido de su propio ser.

Como en el mito, delante de estas pinturas nos vemos a nosotros en una introversión donde confluyen las estructuras más elevadas del hacer del hombre y la fuerza desaforada de la vida que empuja desde el fondo.

Morir a Narciso es entrar a un plano superior de conciencia que nos conecta con atención a la experiencia del otro. Ahí el lugar del arte que estas obras ocupan cabalmente.

La conciencia despierta que se mira en cada humano sobre el espejo de la cultura, para conocerse en su entera dimensión cuando reverberan los sonidos primordiales de la profundidad.

 

Lic. Luis Espinosa

Agosto 2013

 

Prologue to the exhibition "Images of an itinerary" catalog

The first state that this painting demands is that of concentration, this implies disposing oneself as an active spectator, searching and waiting for its structure to connect consciousness and produce resonances.

Hilda Marinsalta comes from the experience of the landscape, the figurative image, the one that she tries to see what is there on the outside.

In many of her paintings, she included cities or nature reflected in water. A surprising trip to the city of Marco Polo produced such an impact that the very painting of her moved in an axial direction.

What she had constructed as an image of the exterior landscape became the interior landscape. All the effort that she put into the climate of the figurative story mutated into a singular abstraction where it is only possible to enter from an opening and all extension is perceived as the immensity in which we submerge ourselves.

The mysterious Venice, the city on the water, impresses with its combination of building groups steeped in history, where you can't help but look in all directions. Invariably, the omnipresence of water generates the permanent counterpoint of these productions of culture with the force of nature.

Culture and nature play in a dialogue that is almost like a dance. The city, emblem of humanity and its productions, carries latent in its foundations the threat of water that beats permanently remembering its origin, the primordial water from which we all come.

Here the artist stops and concentrates her gaze on the surface of the water that is shown with all its power. But the water does not manage to show itself by its own means, to do so it needs the image of what is above. As if it could not, the water, tell itself but through something else.

The result in the work translates into a distance from reality, an image that at first is perceived as chaotic, abstract in a non-geometric sense. The decision to frame the detail of that visual experience removes anecdotal data that distances the image from mimesis, obtaining an organic abstraction. Then what those buildings were and their rational design are deformed on the surface of the moving water.

This new form embodied in the work is based on these two antithetical and at the same time complementary poles: the city, a symbol of the human as a culture, understood as the search for the sustenance of life plus the intuition of meaning, contorts on a surface that reflects it but that cannot be seen in its essence. Water, a symbol of human nature in its most unpredictable and visceral side, sustains that image and transforms it.

Color, the necessary protagonist of this experience, is actually the only thing we see. In some cases, shedding its chromatism until it is just a gray scale that reinforces the antithetical game of the proposal.

Although we speak of city and water because they are at the origin of this plastic experience, that is not what we see in front of the paintings that Marinsalta presents us. There is here a transformation that operates both in the artist and in the spectator (which we indicated at the beginning with an oxymoron) who ceases to be passive to be part of the construction of the meaning of the work.

We could risk that in this series of paintings a deep experience similar to the one exposed by the myth of Narcissus is manifested, taking the version of the poet Ovid. Narciso's numb consciousness sees itself reflected in the reflecting pool and falls in love with his own image. At the moment of realizing that he sees himself, Narcissus becomes feverish in his impossibility of possessing himself and transforms into a flower on the shore of the pond in which he was reflected.

The key is here in that moment of realization: he finds himself looking at himself and breaks the narcotic imprinted on his own name. A self-knowledge is produced that transforms him and fills the sense of his own being.

As in the myth, in front of these paintings we see ourselves in an introversion where the highest structures of man's work converge and the unrestrained force of life that pushes from the bottom.

To die to Narcissus is to enter a higher plane of consciousness that connects us attentively to the experience of the other. That is the place of art that these works fully occupy.

The awakened consciousness that looks at itself in each human on the mirror of culture, to know itself in its entire dimension when the primordial sounds of depth reverberate.

 

Lic. Luis Espinosa

August 2013